—Claro. —Renata no insistió, lo cual era su propia clase de misericordia, de una empleada a otra, y una que Maren había aprendido a no examinar demasiado de cerca, por si examinarla llevaba a Renata a preguntarse por qué era necesario concedérsela—. En fin. —Renata se apartó del mostrador, con el vaso alzado en algo a medio camino entre un brindis y una advertencia—. Nos vemos a la hora de la cafetería, Okoye. Trae tu cara de indiferencia. Es mi favorita.
Se marchó. T. J. la vio alejarse con la fascinación particular de alguien que catalogara a todas las personas de la planta para un mapa mental que necesitaría dentro de seis meses y aún no lo supiera.
—Evita que el lugar se estrelle contra las cosas. Es otro encargo. —Maren comprobó la pila de salida, cuadró los bordes y la introdujo en la cartera que llevaba a la cadera, donde se apoyó contra otras tres carpetas que ya aguardaban desde la cola nocturna. Seis entregas. Ni pocas ni muchas. Un martes con forma de martes.
Dentro, la plataforma baja de contrachapado que había al frente de la sala permanecía vacía bajo su propio tubo fluorescente, más luminoso que los demás, como se iluminaba un escenario incluso si nadie había construido uno a propósito. Dos empleados del Archivo ya hacían apuestas con el tono bajo y procedural que el personal de la Oficina reservaba para cualquier cosa parecida al juego. La apuesta: si el discurso del trimestre duraría los cuarenta minutos habituales o si tocaría la versión larga, la que significaba que Halstrom había leído algo en un informe de incidentes que había añadido un peso concreto a sus frases.
Maren había aprendido a distinguirlas en el sexto minuto. No participaba en las apuestas. Nunca lo hacía.
—Has venido —dijo Renata, sentada ya, ocupando ya el territorio de dos sillas con el abrigo y una carpeta de Cumplimiento Normativo que estaba claro que no iba a abrir—. T. J., coge la del extremo antes de que el Archivo mande una planta entera de resopladores.
T. J. se sentó, aún con el abrigo puesto, con el bloc amarillo abierto ya, en la postura específica de alguien que pensara que la reunión general iba a puntuarse. —¿Esto es todos los trimestres?
—Todos los trimestres. —Renata no alzó la vista de sus uñas, que examinaba con la concentración que otras personas dedicaban a los informes de accidentes—. A Halstrom le gusta el ritmo. Lo dice en el memorando cada vez. La coherencia protege. Hoy lo oirás. Bebe cada vez que lo diga y estarás debajo de la mesa antes de la segunda diapositiva.
—Hay una diapositiva. En singular. Es un gráfico circular. Siempre es el mismo gráfico circular. —Renata miró por fin a Maren, captó lo que fuera que estuviera haciendo su cara y suavizó la broma sin abandonarla—. ¿Estás bien?
El lápiz se movía como en la sexta planta: firme, verificable, la letra de una empleada que entendía que la columna de verificación no era lugar para sentimientos, sino para registrar que el sentimiento no había interferido.
014. Rama 9-C. Destinataria: Voss, Renata. Autora: Voss, madre. Estado: CUARENTENA. El lápiz de Maren siguió adelante. No miró el nombre de Renata más tiempo del que requería el formulario, puso las iniciales en aquella fila y continuó. La mano no fue la parte de ella que se detuvo.
027. Rama 2-F. Destinatario: Park, T. J. Autor: Park, padre. Estado: CUARENTENA. La familia del empleado en prácticas, archivada y en espera, un futuro que Maren no mencionaría cuando lo viera al día siguiente en la mesa de rutas. Él le haría una pregunta acerca de la notación de ramas, y ella respondería con la paciencia con la que respondía siempre. Aquella paciencia era real, y también era una puerta que cerraba contra un viento que había aceptado no reconocer. Puso sus iniciales en la fila.
—Vaya listón. —Renata le entregó una taza que ella no había pedido. Era la taza reglamentaria de la Oficina, de cerámica blanca, con una muesca en el borde que llevaba allí desde antes de que Maren empezara a trabajar. Nadie la había reemplazado porque hacerlo requeriría presentar un Formulario de Solicitud a Servicios Generales y esperar de seis a ocho semanas por una taza que se mellaría en el mismo sitio—. T. J. quiere saber si una entrega siempre se siente así.
Renata la miró un instante más de lo que necesitaba la frase. Sus ojos eran del marrón concreto que la luz fluorescente volvía gris, y bajo aquella luz, durante aquel instante, Maren pudo ver cómo Renata decidía algo, como los colegas decidían cosas unos de otros en oficinas donde el trabajo era demasiado extraño para discutirlo con sinceridad y demasiado real para discutirlo sin ella. Renata decidió lo que fuera que decidiera. Apartó la mirada, lo cual constituía, entre ambas, su propia clase de misericordia.
—Bien. —Renata lo dijo como decía qué suerte en los días con pocas entregas, una palabra desgastada de tanto usarla—. Quédate en la sexta. La sexta es aburrida. Lo aburrido paga el sueldo.
Servicios Generales envió a un hombre con una llave inglesa que se plantó ante el cajón, olfateó una vez y dijo: —Es la clasificación. Después se marchó. Maren archivó la interacción bajo cosas que la Oficina no explicaba porque explicarlas exigiría admitir que eran extrañas, un expediente que engordaba cada mes.
Ese día el cajón liberó su olor en cuanto ella tiró del asa, una exhalación de papel húmedo y sal que se le aferró a los dedos después de tocar la carpeta Alves. La sostuvo con el brazo extendido un momento, no porque el olor fuera desagradable, sino porque el olor era la primera afirmación del cajón y había aprendido a permitirle formularla antes de hacer la suya.
Las copias de papel carbón del interior estaban un poco frías, como se enfriaba el papel después de pasar el tiempo suficiente prensado entre metal para olvidar que estaba hecho de algo que una vez había tenido vida.
Rama 8-D. Destinataria: Alves, Catherine. Autor: Alves, Thomas. Forma de morir (rama): ahogamiento cerca de la costa, 41 años. Clase de divergencia: baja.
—Referencia cruzada incidental —dijo Maren—. La señalas. Verificación la despeja. Sigues adelante.
Depositó el formulario en la bandeja de Verificación con la marca azul aún visible y las iniciales de Maren en la columna del empleado, la columna que decía que un ser humano había mirado aquello y confirmado lo que el sistema ya había advertido. Sus iniciales eran tres letras de tinta negra. Tenían el mismo aspecto de siempre. Pasó al siguiente formulario de la pila de recepción, que era de la 9-C.
Y lo abrió, comprobó la fotografía, comprobó el nombre, comprobó la notación de rama, lo selló, lo apiló, y la referencia cruzada de la 14-B permaneció en la bandeja de Verificación a quince centímetros de su codo, y no volvió a mirarla.
A la hora del almuerzo, T. J. Park apareció en su puesto con la credencial de empleado en prácticas por fin orientada del derecho y una pregunta que desde el undécimo día había madurado hasta convertirse en algo demasiado afilado para ser inocente. Tenía el aspecto de los empleados en prácticas que habían superado la fase de absorber información y entrado en la de ensamblarla, la fase que precedía a la competencia o a la partida; las estadísticas de la Oficina sobre cuál de ambos desenlaces era más probable no resultaban alentadoras.
—¿La 14-B es la rama donde murió el destinatario en vez del autor?
—A veces. Los sucesos de divergencia no son simétricos. Lee el resumen.
—La Oficina no verifica los recuerdos. —Maren pronunció la frase con delicadeza. En el manual, la delicadeza aparecía bajo desescalada, no bajo misericordia, pero había aprendido a aceptar la misericordia bajo sus alias procedimentales. Cumplimiento Normativo prefería efectos mensurables; los destinatarios rara vez experimentaban el cuidado en unidades mensurables—. Verifica el texto. El texto le ha llegado. La firma acusa recibo.
Diane volvió a mirar el formulario. Su pulgar recorrió el facsímil de la letra, los saltos del bolígrafo y los puntos de presión, los lugares donde Gerald había apretado más y la tinta había traspasado el papel.
—Estaba enfadada con él —dijo Diane—. La otra. Estaba enfadada con él por el lavavajillas.
—Yo estaba enfadada con Gerald por el lavavajillas. —La voz de Diane se enganchó en el tiempo verbal, que no tenía ninguna forma correcta para aquella situación, la clase de problema gramatical que la Oficina creaba y se negaba a resolver.
—Lo estaba. Lo estoy. —Diane apretó el pulgar contra el facsímil hasta curvar el papel—. Estaba enfadada por el lavavajillas y por el oncólogo.
—La formación no es una condición permanente. —Halstrom volvió una página del sujetapapeles. Lo hizo de forma deliberada, sin prisa, el gesto de un hombre que sabía que el silencio posterior a una afirmación hacía más trabajo que la propia afirmación. Dejó reposar el silencio. Después—: Los empleados con familiares en el Inventario Restringido no duran, señora Okoye. Se quiebran o se marchan. He visto ambos desenlaces las veces suficientes para preferir que se marchen a que se quiebren. Que se quiebren contamina la planta.
La palabra contamina cayó sobre el mostrador entre ambos. No afecta. No trastorna. Contamina. Maren oyó que el bolígrafo de T. J. dejaba de tocar el papel. El empleado en prácticas había quedado inequívocamente inmóvil, con el bolígrafo plano sobre el bloc, sus instintos de supervivencia alcanzando por fin la temperatura de la estancia.
T. J. aprendía cómo sonaba Halstrom, una lección que ningún manual de formación podía enseñar: los manuales trataban de normativa; Halstrom trataba de algo más antiguo. Había visto fracasar a suficientes personas para conocer la forma del fracaso antes de que empezara, y aquel conocimiento constituía su propia autoridad.
Maren mantuvo las manos sobre el mostrador, donde pudiera verlas. Mantuvo la voz en el registro de verificación. Mantuvo todo lo que podía mantenerse, lo mantuvo visible, lo mantuvo plano. —He mantenido las normas de verificación durante cuatro años.
La bandeja estaba en la pared exterior del escritorio principal de Registros, con ranuras etiquetadas Devoluciones de revisión por parentesco, Asignación de rutas entre líneas temporales y Uso exclusivo de Dirección. Maren deslizó el expediente en la ranura de parentesco. Cayó con el sonido del papel al aterrizar sobre papel. No esperó ningún acuse; la bandeja no daba ninguno. Recibía, y eso era todo.
En la Sexta, Renata levantó la vista de Cumplimiento Normativo. —Tienes pinta de haber leído algo.
—Un resumen de incidente —dijo Maren—. La coincidencia entre calendarios es una crueldad que la Oficina documenta con tipografía neutra.
Renata hizo una mueca, pequeña y sincera, el rostro de una mujer cuyo nombre había aparecido en el lomo en cuarentena de un inventario que Maren nunca había mencionado en voz alta. —¿Vas a presentar la exención?
—Vale —dijo Renata como había dicho vale antes, con facilidad, sin ser la primera en apartar la mirada, una contraseña aún válida entre ellas.
La palabra vale quedó suspendida entre sus escritorios el tiempo exacto que necesitaba. Renata volvió a la pantalla de Cumplimiento Normativo. Maren volvió a su bandeja de verificación. La luz de la tarde que entraba por la ventana de la Sexta tenía el color del té aguado. El color de octubre en una ciudad que no nombraba las estaciones, pero las sentía en la calidad de la luz que atravesaba un cristal que no se había limpiado desde que el edificio apareciera dondequiera que estuviera apareciendo en ese momento.
T. J. preguntó, en el momento equivocado y por tanto en el momento justo: —¿Qué es la coincidencia entre calendarios?
Estaba de pie junto al archivador. Tenía una hoja de ruta en una mano, una pluma en la otra y la postura de una persona que llevaba más tiempo escuchando desde el otro lado de la sala del que admitía. Maren sopesó la respuesta sincera y la útil.
—Formulario en cuarentena por parentesco en la preparación de Entregas. Mi nombre. Precinto intacto. Sello de error de ruta. Archivo equivocado del turno de noche.
Renata miró la bandeja como si contuviera el clima. —¿Lo has abierto?
—Bien. —Renata sacó el teléfono y después se detuvo, porque los teléfonos de Cumplimiento Normativo estaban desaconsejados en la Sexta y porque, de todos modos, la siguiente llamada debía ser un mensaje por bandeja al despacho del director. Permaneció con la mano sobre el teléfono, sin moverla, y el rostro haciendo el cálculo que Maren podía ver, pero no oír. Ese en el que Renata sopesaba lo que estaba a punto de poner en marcha frente a lo que sucedería si no lo hacía—. Halstrom lo sabrá antes de que terminemos la frase.
—¿Sí? —La voz de Renata bajó. No a un susurro. Al registro que utilizaba cuando le decía a alguien algo que no querría oír dos veces—. Esto es aquello contra lo que advierte. No abrir. La proximidad. Tienes una cuarentena por parentesco en tu bandeja de preparación. Para algunas interpretaciones, eso es proximidad suficiente.